Semillas de software y cultura libre en mi infancia

Es un tema recurrente en foros informáticos y educativos si se debe o no enseñar a los niños (y niñas) a programar (hablo de niños pequeños, menores de 12 años, en secundaria tengo clarísimo que enseñar tecnología y como parte de ella, informática (y programación y sistemas, no sólo “nivel usuario”), es fundamental). Yo no cursé “informática” hasta 2º de bachiller (en mi época era a los 15-16 años), pero quizá sí que he estado “expuesta” a ordenadores desde edad temprana (los 9 o 10 años, para ser chica, y haber nacido en el 76, creo que antes que la media).

No creo que todo eso fuera irrelevante, pero estoy segura de que de nada habría servido si mi infancia no hubiera estado rodeada de otros elementos “no informáticos” que paradójicamente me han ayudado muchísimo a comprender cómo funciona el software, el software libre y la cultura libre.

Los libros de “Elige tu propia aventura” contenían muchas historias diferentes. No se leen de principio a fin, sino que cada 2 o 3 páginas se le plantea al lector una elección, que introduce saltos en el libro (del tipo “Si te acercas a explorar el planeta LBO, ve a la página 63. Si prefieres esperar a que el sol ilumine la zona que ves desde tu órbita, ve a la página 72”). Quizá de esta manera aprendí lo que es un algoritmo,  una bifurcación… ¡En ocasiones había bucles! Para mí fue impactante descubrir cuántos finales posibles había y que muchos eran fatales.  Morí muchas veces eligiendo mi aventura, pero ya sabía lo que no debía elegir la próxima vez. Tras diversas lecturas vagando al azar por los caminos del libro, comenzaba el intento de exploración exhaustiva: ¿en amplitud o en profundidad? (eso lo “aprendí” después, aunque ya intuía que algún método tenía que haber para averiguar todas las aventuras posibles, aunque fueran miles…).

En “Cuentos para jugar”, Gianni Rodari propone tres posibles finales para cada cuento, y anima al lector a escribir el suyo propio. Aquí aprendí la locura, las tormentas de ideas, quizá a buscar distintos enfoques a un problema. También, sobre todo, que si nada de lo que hay te gusta, te toca a tí cambiarlo o mejorarlo, y esto es mejor que “simplemente criticar”. Años después veo que ésta es una de las bases de funcionamiento de las comunidades de software libre (y las escisiones o forks), y no me parecen respuestas cáusticas a solicitudes de características por parte de los usuarios (si se expresa de manera educada).

Rodari ha dejado una huella profunda en mí. De “Cuentos por teléfono” (descatalogado, snif!) siempre me gustó cómo juega con las palabras y cómo combinaba la cotidianeidad con realidades inverosímiles (¡o no tanto!). Por ejemplo, hoy releo “¿Quién quiere comprar la ciudad de Estocolmo?” y me recuerda a las licencias que pretenden aprisionar la cultura o la producción científica o académica, que debería (en mi opinión) ser de todos. Quizá hoy pienso así porque leí este cuento de muy pequeña, y ya vi que había cosas que no se podían comprar o poseer. Los “Cuentos escritos a máquina” despertaron en mí algo de curiosidad científica, o pensamiento escéptico: quiero saber la verdad de la historia, no conformarme con lo que me cuenten. Si fuera posible viajar al pasado para saber lo que pasó… Hoy valoro mucho las comunidades que se coordinan de manera transparente, en una lista pública, las noticias que aportan datos objetivos y mencionan fuentes, y enlazan a ellas, los proyectos que van documentando su historia conforme la van viviendo…

Hay muchas más pequeñas cosas (microcontribuciones a este proyecto colaborativo que somos cada uno de nosotros) que podría escribir. Basten éstos para volver al inicio,a responder: ante la pregunta de si se debe enseñar en la escuela primaria informática a los niños, quizá sí, pero no me preocupa demasiado. Pero ante la cuestión de si se debe hacer lo posible por que los niños estén en contacto con las ideas en sus distintas materializaciones, los simbolismos, se les permita jugar con ello, y comprendan que su mundo, el mundo, es cambiable (hackable) lo tengo clarísimo: sí, sí y sí.

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